Sábado 27 de Septiembre de 2008
Con un fuerte dolor de cabeza, después de una noche con tres tequilas, -entre otras cosas-
me levanté, sin ganas, para venir a trabajar…
Ya en la oficina, con un compañero que navegaba en Internet, sin muchas opciones, agarré unos diarios viejos para entretener la mente. Así encontré adnCULTURA, un suplemento del diario La Nación del mes de Julio. Ahí descubrí notas buenas y en especial una me llamó la atención: “La angustiosa espera de los niños africanos”. No pude parar de leerlo. Cuenta la experiencia del escritor Hennin Mankell en Uganda y lo que se vive allá a causa del SIDA.
Me hice una escapada y fui a comprar el libro: Moriré, pero mi memoria sobrevivirá.
En cuanto a lo que plantea el artículo, que más abajo transcribo, creo que es increíble que pasen estas cosas, y permanezcamos ajenos a esta realidad. Realidad, que tampoco asecha en otro planeta. Pretender que lo que pasa allá –y qué distante suena allá!- nada tiene que ver con nosotros y mirar para otro lado es no menos que vergonzoso.
En África, la esperanza de vida no llega a los 50 años. Se trata de personas caracterizadas por una invisibilidad desde todo punto de vista, a la cual en cierto punto contribuimos a generar. Son personas que tienen NADA. Ye eso sí que tienen en cantidad.
Nacer, crecer… en fin, vivir en otra realidad totalmente distinta, hace que no nos demos cuenta la magnitud que tienen estos hechos. Imagino que debe ser terrible vivir con la muerte tan de antemano anunciada… cuestión que para ellos es algo cotidiano.
Está mal acostumbrarnos.
Alguien repartió muy desparejo...
Me pregunto qué puede hacer uno desde su lugar? Me pregunto también si muchos nos haríamos esta pregunta que pasaría?
“La angustiosa espera de los niños africanos”
Libros de recuerdos. Escritos ante de la muerte, sobre la muerte y la vida. No había viajado a Uganda para que una niña llamada Aida me mostrase la planta de mango que ella cuidaba con tanto esmero y mantenía oculta bajo unas ramas de arbusto para que los cerdos que criaba la familia no se comiesen los frutos. Emprendí el viaje a Uganda para encontrarme con personas que se preparaban para su muerte escribiendo libritos dedicados y dirigidos a sus hijos. No sé cuándo oí hablar por primera vez de los libros de recuerdos. Pero, cuando ocurrió, comprendí de inmediato que necesitaba saber más sobre ellos. Esos libros, esos pequeños cuadernos con fotografías pegadas en sus páginas y contextos escritos por personas que apenas dominan el alfabeto, podrían convertirse en los documentos más importantes de nuestro tiempo. Cuando todos los informes, protocolos, cálculos financieros, antologías poéticas, obras de teatro, fórmulas matemáticas para la creación de robots, programas informáticos, en suma, cuando todo lo que conforma nuestras vidas y nuestra historia se haya olvidado, tal vez estos delgados libritos, esos recuerdos dejados por personas que murieron demasiado pronto, constituyan el documento más importante de nuestro tiempo. Dentro de quinientos años, ¿qué quedará de nuestro tiempo y del tiempo anterior al nuestro? Quedarán, claro está, los dramas griegos, Shakespeare, poco más. Pero la mayoría desaparecerá, si no totalmente olvidado, sí vivo sólo para unos pocos. Sin embargo, estos cuadernos de recuerdos quizá vivan para contarles a las generaciones venideras la gran plaga que arrasó nuestro tiempo, que mató a millones de personas y dejó huérfanos a millones de niños. Además, suscitaban en mí incontables preguntas. ¿Cómo habla de sí misma una persona que no sabe escribir? Me imaginé otro tipo de relatos. Pues los recuerdos pueden adoptar la forma de aromas, de dibujos; no tienen por qué ser fotografías o textos. ¿Qué es, en realidad, lo que les dice a los demás quiénes somos? Seguro que en los diarios de algunas personas hay escrito algo sobre mí. Pero ¿qué cuentan las palabras? ¿Más cosas o quizá menos cosas que el simple hecho de que sea una persona que ríe, que llora o que huele a ajo? Palabras que narran. Antiguamente, los relatos se transmitían oralmente de generación en generación y, en muchos casos, aún es así. Pero ¿quién quedará para seguir contando cuando desaparezcan tantos de los enlaces de la cadena narrativa? ¿Qué podrán contar los niños de sus padres, a los que no recuerdan, pues eran demasiado pequeños cuando ellos murieron? Y también: ¿cómo podrán los padres contarles quiénes son a unos hijos que son tan pequeños que aún no pueden asimilar ese tipo de información? Para eso sirven estos libros de recuerdos. ¿Cómo cuenta un relato una persona que no sabe escribir y no puede transmitirlo oralmente? Entonces comprendí: todo el mundo puede contar su historia. Las palabras lo vuelven todo más sencillo, es el instrumento por excelencia. Pero las palabras pueden sustituirse, me dije. Tiene que ser posible registrar también los relatos de las personas sin escritura. Los aromas, las huellas, los dibujos o quizá las fotos tomadas con una cámara de un solo uso. ¿Por qué no equipar a cada una de las personas que desean dejar un testimonio escrito con una de esas cámaras baratas? Por lo general, las fotografías no dicen más que mil palabras; las palabras dicen más, pero para contar algo, igual de poderosa puede ser la imagen de un rostro, de una sonrisa, de un cuerpo, de un ser humano ante una fachada o con una plantación de bananas de fondo. Los libros de recuerdos tratan de eso: de que los niños puedan "ver" a sus padres, aunque éstos hayan fallecido. El recuerdo de unas manos conservado en lo más hondo de su ser, palabras y voces que sólo vagamente pueden rememorar, como algo remoto, surgido de un sueño.

Hace dos semanas que conocí a Aida, en su pueblo, un lugar donde la tierra es roja y los bananos crecen en espesa aglomeración. Hace dos semanas que Aida me mostró dónde esconde su planta de mango, a varias decenas de kilómetros al norte de Kampala, en Uganda.
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Yo había llegado a Kampala en coche, desde el aeropuerto de Entebbe. La ciudad se componía de unas cuantas colinas, siete u ocho, y entre los chalés y los grandes jardines que las cubrían, se encogía la ciudad, atosigada por el exceso de tráfico, el exceso de gente. En África siempre se libra un combate singular entre un hormiguero infinito y grandes espacios vacíos. [ ] La aldea de Aida es como cualquier aldea africana. Las casas son de barro o de latón, o de una mezcla de los variadísimos materiales que tuvieron a su alcance quienes las construyeron. Pero todas tienen techo. Sí hay, en cambio, casas abandonadas que se han venido abajo. Cuando les pregunté por qué, me explicaron que la gente que había vivido en ellas había muerto de sida. Las casas africanas tienen un sello particular. Podríamos decir que es el equivalente del placer nórdico por los trabajos en madera de finales del siglo XIX. Dos puertas arrancadas de un viejo coche americano cierran la verja de una valla semiderruida colindante con la casa donde trabaja un peluquero. Cuando pasamos ante ella, está cortándole el pelo a un cliente a la sombra de un árbol. Segundos antes de entrar en la casa de Aida o, más bien, de su madre, Christine, veo a dos hombres que, con la espalda sudorosa, se afanan por construir un muro entre dos listones formados por tiras oxidadas y cortadas de un bidón metálico de gasolina. Las casas africanas de las zonas rurales son un homenaje a la imaginación, por así decirlo. Claro que, en primera instancia, son expresión de la pobreza y la miseria. En torno a las casas, pequeños huertos, caminos de gravilla que discurren acaracolados, amagos de vallas. Casi todas las ventanas carecen de cristales y, en sus huecos, aletean las cortinas. La vida transcurre lentamente en esas aldeas. La prisa es un error del ser humano, un error que no ha echado raíces profundas en las zonas rurales africanas.
* * *
Pero nada de esto es, en realidad, importante. No tengo por qué describir las casas y las carreteras como si esto fuese un relato de viajes por un país africano. He venido aquí por otros motivos. Precisamente esa aldea, la de Aida, tiene algo en común con las demás aldeas cercanas. En ellas hay muchos enfermos de sida. Y muchos que ya han muerto. De hecho, es fácil advertir el gran vacío: se ven muchos niños, algunos ancianos, pero apenas representantes de las edades intermedias. El sida mata a personas de entre quince y cincuenta años. Cuando los padres mueren, los ancianos se encargan de los pequeños. Cuando los ancianos mueren, los niños deben cuidarse unos a otros. Todos comprendemos lo que eso significa. Los niños que se ven obligados a ejercer de padres de otros niños no entran firmes en la vida. Suelen resbalar. [ ]
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Las personas a las que conocí en Uganda esperaban, y sus esperas eran de índole muy diversa. Estaba la espera de aquellos que sabían que tenían el virus y, aterrados, cada día trataban de reconocer los síntomas en su cuerpo. Y estaba la espera de quienes no sabían si habían contraído la enfermedad, de aquellos que no se habían atrevido a hacerse las pruebas, pero que todas las mañanas, tan pronto como abrían los ojos, también buscaban los síntomas. Existía, además, otra clase de espera. La de quienes se encontraban en la misma situación que Aida. Ella, que es una niña; ella, que sabe que no está contagiada, espera convertirse en su propia madre y en la madre de sus hermanos, cuando la responsabilidad recaiga sobre ella. Y ahora he vuelto a ver a Aida en un sueño. No hace mucho que nos vimos en el mundo real. Lo último que recuerdo de ella es su modo enérgico de despedirme con la mano. Incluso cuando ya no podía verme a mí, ni al coche, ella seguía diciéndome adiós con la mano. Es lo que hacemos todos cuando deseamos con toda el alma que alguien cambie de opinión, modifique su decisión. Que regrese, que interrumpa la partida, que se quede.
Por Henning Mankell
